Orestes Amador conmueve al público en “Esperando a Odiseo”
Por Carmen Heredia
Diario “Hoy”. Santo Domingo. República Dominicana.
Abril 28 de 2023
En la sala Cristóbal de Llerena de Casa de Teatro, tuvo lugar el estreno en el país de la obra “Esperando a Odiseo”, del autor cubano Alberto Pedro, protagonizada por el actor Orestes Amador y dirigida por Raúl Martín Ríos.
El título de esta obra nos llamó la atención, y no pudimos evitar evocar a “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, obra cumbre del Teatro del Absurdo. En ambas la “espera” marca el paso del tiempo, la espera es la esperanza.
La obra de Alberto Pedro es un monólogo, cuyo personaje “Kiko” es un profesor de inglés despedido de sus labores y apartado del mundanal ruido; desde una azotea en la ciudad de La Habana, ve pasar el tiempo inexorable… pero no pasa nada, poco a poco pierde la esperanza.
Con elementos simbólicos el autor ha podido transmitir la más profunda y desesperada soledad del hombre y la nostalgia que lo lleva a la anomia social, aislado de sus semejantes; pero además Alberto Pedro, autor contemporáneo, es espejo de su tiempo, y en su obra está implícita la crítica social. Kiko valora su identidad, pero cuestiona la realidad circundante de su isla, siendo el exilio, la migración, temas recurrentes. El tedio abate a Kiko, ve pasar el tiempo y no pasa nada, la vida va perdiendo significado y entonces, se convierte en un colombófilo y se refugia como pasatiempo, en un juego que consiste en una caja especie de colmena donde se encuentra “Penélope”, la paloma con la que, en un soliloquio recurrente, evoca su lejano amor, y junto a ella espera el retorno de Odiseo, su palomo preferido, compañero de otros tiempos, con el que desea casar a la paloma.
“Kiko” tiene un intérprete de excepción: Orestes Amador, poseído del personaje sostiene de manera notable el monólogo, en el que se decanta el gesto elocuente, la expresión corporal fluctuante y la voz con matices variados, capaz de provocar emociones.
El movimiento escénico constante se convierte en una especie de coreografía, diseñada por el director Raúl Martín, contribuyendo a la fluidez del espectáculo teatral.
La música y los cantos en pinceladas, acompañan, adicionan a la representación. Una escena entrañable tiene lugar mientras Kiko habla con paloma, y de manera alegórica, se escucha la canción “Penélope” en la voz de Joan Manuel Serrat, “Tristeza a fuerza de esperar”, el instante se torna conmovedor.
La escenografía recrea la azotea de una miserable vivienda, en la que aparecen objetos ligeros y movibles como sábanas, piezas de ropa colgadas al sol y cajas en las que una de ellas está la colmena donde habita Penélope.
Con cada uno de estos elementos Kiko dialoga, relata su historia, conocemos su mundo interior, sus vivencias y miedos, y su eterna espera de Odiseo. El movimiento corporal de Orestes Amador es constante, elocuente, capaz de expresar emociones, y a veces con alguna contracción, logra un instante de virtuosismo.
Raúl Martín Ríos, director, totaliza la puesta en escena, con el diseño de la escenografía, las luces, y la escogencia de la música apropiada.
La escena final es el climax, Kiko se coloca sobre un objeto y llega a un punto de inflexión, seguir esperando…o no. Orestes Amador transfigurado, consigue conmover al público, que tras el impacto final, se pone de pie y aplaude largamente, convencido de que ha valido la pena, la espera.
Esperando a Odiseo, un homenaje al emigrante
Por Alfonso Quiñones
Diario El Caribe. Santo Domingo. República Dominicana.
19 abril de 2023
Orestes Amador ofrece un contundente repertorio gestual, de estados de ánimo y de acciones que reivindican la obra
Lo conocí de la mano del también fallecido Amadito del Pino durante un Festival de Teatro de Camagüey quizás en 1984 (¿o fue antes?). Estábamos sentados en el bar del Restaurante La Tinaja y apareció aquel mulato chino, con sonrisa abierta y afabilidad del que va al encuentro de un nuevo amigo. Tomo de Amadito su definición de “Socio (pana en cubano) de sonrisa traviesa, de verbo exacto, dialogador de las maravillas”.
Alberto Pedro fue el más poeta de los dramaturgos cubanos de mi generación. Quizás fue el que tuvo más coraje para auscultar con ojos de poeta las historias que armaba en su cabeza a partir de la realidad cubana, aquella que conocía oteando en los solares de La Habana, en las calles de Jesús María o San Isidro, en los bares del puerto o en las bodegas de Regla, en los patios de Pogolotti o en los balcones de Alturas de Belén. Definió la dramaturgia cubana de los 80 y 90 del pasado siglo con una valentía ardiente y dejó en sus obras, para otros tiempos, elementos definitorios de lo que fue el cubano de entonces.
Alberto Pedro era un mulato chino con swing de actor, detector de m… y corazón de ángel. Suyas fueron obras imprescindibles para tratar de entender la evolución de la debacle, la caída en picada de una sociedad que ha tocado fondo quizás como nunca antes, sn un Alberto Pedro que se ocupe de desentrañar el momento actual.
Manteca, Weekend en Bahía, El banquete infinito, Desamparados, Delirio habanero, entre otras que Wikipedia no menciona como Tema para Verónica, Lo que sube, Pasión Malinche, Mar nuestro, Caballo negro o Cruce de aros, etc. forman parte de esa gran crónica escenografíca de la realidad cubana, como lo es para esa nación asiática, El Libro Secreto de los Mongoles.
Alberto Pedro murió en el 2005 con el hígado cocinado. Hoy andaría por los 68 años. Suya es la obra Esperando a Odiseo que acaba de hacer dos noches seguidas el gran actor cubano dominicano Orestes Amador en Casa de Teatro, bajo la dirección de Raúl Martín, también amigo del dramaturgo, cuyas obras se caracterizaban casi siempre por escenografías más bien minimalistas. Esta no fue la excepción.
Dos sábanas, unos hilos de pescar a modo de tendedera, un pantalón negro, un vestido rojo y una sudadera blanca con capucha, cuatro cajas y una pequeña jaulita son todos los elementos escenográficos con los cuales simular una azotea de un edificio de cuatro plantas de La Habana. Luces y una linterna.
El personaje va vestido con unas bermudas y una camiseta sin mangas, descalzo.
Iluminación y música son apoyos insoslayables. Excelentes las participaciones en la banda sonora de Diomary La Mala, Celestino Esquerré y Pavel Núñez.
En Esperando a Odiseo, Alberto Pedro hace una exploración a fondo del fenómeno de la emigración, pero sobre todo del emigrante en sí mismo.
Su visión fue a contracorriente, porque diseñó un emigrante cubano que regresa a su patria. Los motivos para volver eran tan fuertes que con eso quería evitar que su hijo tomase la decisión de aventurarse a huir en una balsa. Odiseo, un palomo que su hijo El Cabezón se habría llevado, es más que un punto de apoyo para hacer avanzar la obra, un símbolo.
Pero quiero llegar al grano, y es a la actuación de Orestes Amador, de la cual Alberto Pedro y su esposa Miriam Lezcano (también fallecida) estarían orgullosos.
Impresiona el virtuosismo escénico de Orestes Amador, sus incontables registros en tonos narrativos, denunciantes, bravucones, declarativos o descriptivos, donde no faltan las emociones que va experimentando incluidos el miedo, el delirio, el dolor, la pena, el amor, la cobardía, la soledad, en fin, la soledad. Porque un maestro sin alumnos, un colombófilo sin palomas y un espíritu libre sin libertad, está más solo que un center field.
Amador experimenta un torbellino de estados de ánimo producidos por los pensamientos que desnuda ante los espectadores. En el centro de ese torbellino están los palomos Odiseo y Penélope, como una columna de viento soplado en vertical. Referencias indiscutibles de la Odisea, el gran poema épico de Homero.
Orestes Amador consigue una de las actuaciones mejor logradas de lo que va de la pospandemia en el panorama dominicano. Su maestría, el epertorio gestual que es capaz de brindar, el virtuosismo al poder fusionar lo que sabe de danza con lo netamente actoral es una de sus mayores fuerzas.
La obra viajará la semana próxima o la otra de arriba a un festival de monólogos de Miami, donde seguramente será ovacionada por un público mayoritariamente cubano y por tanto más comprometidos con la inmediatez del contenido, su entorno y su tono. Sin embrago este monólogo es tan universal como local. Su capacidad de entender las dificultades humanas del emigrante, sus sufrimientos, angustias, desesperaciones están directamente emparentadas con la gente que deja atrás.
¿Regresa Odiseo? La respuesta queda abierta, para provocar a los que no han visto la obra, que la vayan a ver.
Inmenso Orestes de la mano de Raúl Martín, una dupla memorable.
Presentaciones
La obra se presentará 21 y 22 de abril a las 8:30 p.m. y el 23 a las 5:00 p.m. en el Solo Theater Fest de Miami.
La emigración es el eje de la obra "Esperando a Odiseo"
Raúl Martín concibe la obra "Esperando a Odiseo" a través de una ambientación agradable: sábanas que cuelgan, un pantalón negro y jaulas para las palomas
Por LUIS DE LA PAZ
Diario de las Américas. Miami, Estados Unidos.
29 de abril de 2023
La emigración es el eje de Esperando a Odiseo, obra del dramaturgo cubano Alberto Pedro (1954-2005), estrenada en La Habana en el 2001 bajo la dirección de Miriam Lezcano (1943-2020), por demás viuda del autor de la pieza, y que 22 años después, llega a Miami para participar en el 4to. Teatro Fest que organiza Artefactus Cultural Proyect, en una producción del grupo Teatro del Duende de República Dominicana, con la actuación de Orestes Amador y la dirección de Raúl Martín, ambos cubanos residentes en Santo Domingo, a quienes podrían señalárseles como parte de ese flujo migratorio incesante de cubanos, que solo terminará cuando “continuar la continuidad” se convierta en verdadera revolución.
Alberto Pedro nutrió su obra con simbolismos. Desde la óptica de Kiko, un palomero solitario y sonámbulo, que en la azotea de su casa espera a que regrese una de sus aves, Odiseo, que se fue al Norte donde “está el enemigo” y no vuelve. El juego escénico con la tragedia como fondo de Odiseo y Penélope del clásico de Homero, domina la construcción escénica y su desarrollo dramático. Teatralmente muy bien concebido, manejado con la prudencia que hace falta cuando se desea vivir en la Isla (o ser admitido por el aparato de poder), o para decirlo popularmente: jugar con la cadena, pero no con el mono.
El director Raúl Martín concibe Esperando a Odiseo a través de una ambientación agradable, sábanas que cuelgan, un pantalón negro, un vestido rojo y varias cajas o jaulas para las palomas, además, una trampa para atrapar a Odiseo si vuelve. El movimiento escénico teniendo a las telas como la fuente primaria del movimiento es dinámico, creciente y muy acertado.
Por su parte, Orestes Amador, es un actor total, con una preparación física admirable que pone de manifiesto a lo largo del unipersonal, que demanda mucho del intérprete por la cantidad de texto, el lenguaje corporal y el movimiento.
Una obra donde se pretende asumir una valoración crítica de la emigración. Hay frases en las que se intenta ese acercamiento: “esta es la era de los emigrantes”. “Tengo mi teoría sobre esa diáspora frenética”. Sin embargo, el personaje, Kiko, no manifiesta intención de irse, como hizo El Cabezón, su hijo, en una balsa, llevándose a Odiseo.
En conjunto Esperando a Odiseo posee una serie de imágenes que hace interesante este texto, con un mensaje todavía más estremecedor, pues Kiko no permanece en la Isla esperando a su palomo, ni se propone irse en una balsa como hizo su hijo, sino que se lanza al vacío desde la azotea de su casa.
Esperando a Odiseo es parte de esa dramaturgia cubana sobre la emigración, en este caso, como una aproximación a su época (que es la actual), marcada por la censura, el temor y el éxodo. A pesar de la ambigüedad en los planteamientos –jamás se alude a las causas que fuerzan a la inmigración cubana–, sin duda, es de lo mejor que ha presentado el Solo Teatro Fest en lo que va de programación.
Teatro dominicano: Orestes Amador “Esperando a Odiseo”
Esta obra teatral es un drama social que puede aparentar muy dominicano
Por Francis Mesa
Listín Diario. Santo Domingo. República Dominicana.
26 de abril de 2023
La puesta en escena de “Esperando a Odiseo” debió haber sido un proceso de catarsis para Orestes Amador. Reencontrarse, a través de un texto, con una realidad que le toca desde las vísceras, hasta el corazón, hasta la memoria, no debió ser cosa fácil. Sus lágrimas al final de la función pueden dar fe de ese mar de emociones que le invadió.
“Esperando a Odiseo” está llena de simbolismos, de meta mensajes. Llena de alegorías que invita, no sólo a conocer al autor del texto, o al actor que interprete a Kiko Paloma, sino también a vivir ese mundo tan particular en el que se ha convertido Cuba, desde que la Revolución impulsada por Fidel Castro en el año 1959.
“Esperando a Odiseo” habla del valor de la fe, de cuán fuertes hace la esperanza a los seres humanos, quienes, a pesar de las ausencias, se empecinan en ver la vida de colores vivos, de mañanas y atardeceres bullosos y no de esos grises que traen consigo la nostalgia y la soledad y esa “Penélope” que se interpreta a capella.
Esta obra teatral es un drama social que puede aparentar muy local. A simple vista, un trabajo hecho por un cubano, para ser visto por cubanos y no es así. Las migraciones son parte intrínseca de nuestros países. Las pobrezas que arrastras históricamente han obligado a millones de personas a salir de sus tierras en busca de una vida mejor.
EL TRABAJO DEL ACTOR
Quizás éste sea uno de los trabajos más personales de Orestes Amador, recientemente ganador del premio Soberano como Mejor Actor. Nacido en Cuba, pero con más de la mitad de su vida haciendo arte en República Dominicana, seguramente se ve reflejado en ese hombre patético, en ese profesor venido a menos, cuya esperanza de que vuelva ese palomo que le traerá la buena nueva desde el otro lado del mar y que en algún momento ha tenido esa conversación con sus propios fantasmas.
No hace falta estar en la azotea de ese edificio residencial habanero, roído en donde Kiko ha construido su mundo paralelo para esperar a su palomo mensajero y para divagar entre sus recuerdos de tiempos mejores, cuando logró irse en balsa a Miami y el regreso forzoso al infierno que había jurado no volver a pisar jamás.
Orestes logra un soliloquio convincente, desgarrador y elocuente. Se mueve en el espacio que le montaron el director, Raúl Martín Ríos; Víctor Datt en la escenografía y la línea gráfica y Julio Núñez en las luces, todo en base al texto escrito por el dramaturgo, Alberto Pedro y su juego de palabras con el clásico del absurdo “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett.
El actor, este actor, sigue comprometiendo su arte, sus técnicas, su desempeño escénico, con la calidad. Orestes no está dispuesto a dejar fisuras en su quehacer teatral, ni huecos que desmeriten el trabajo de más de tres décadas, así tenga que pelear contra la falta de público o de publicidad en sus trabajos, por no sucumbir al facilismo o a lo trivial, así sea a costa de su propia independencia financiera.
EL TRABAJO DEL DIRECTOR
Los montajes convencionales no son lo de Raúl Martín. El director teatral cubano, con varios trabajos montados en el país (el anterior a éste, “El elegido” así lo demuestra) desarrolla una estética muy personal, que sin ser inventada por él, ni ser nueva, tiene ese sello tan suyo, que hace al auditorio sentirse confiado de que el montaje al que asistirá, ha sido cuidado en sus detalles más mínimos, para garantizar la calidad como producto final.
Así las cosas, la dupla entre actor y director (este último, asistido por Lyidra Valera) se dio a más. La obra se presentó en un único fin de semana en Casa de Teatro y a pesar del poco público en la sala, la calidad se impuso. Esperando que logren mejores condiciones de logística (patrocinio y publicidad), para que en una próxima entrega, más gente pueda deleitarse con una puesta en escena limpia, coherente y artística de principio a fin.
Actuación de Orestes Amador como Kiko Palomo
Voz a capella: Diomary La Mala
Versión de “Penélope”: Celestino Esquerré
Canción “Buena suerte” de Celestino Esquerré, interpretada junto a Pavel Núñez
Fotos: Maikel Ipacaspo y Miguel Antonio Esquerré
Voz y edición de video promocional: Ernesto Báez
Línea gráfica: Victor Datt
Asistente de dirección: Iyidra Valera
Asistente de producción: Solanyi Gómez
Al final sólo nos queda esperar por Odiseo….
Una azotea habanera, es el escenario de un drama en torno a la espera/búsqueda de la realización personal. Como en Esperando a Godot de Becket, Kiko Paloma, “teacher” retirado a destiempo y colombófilo por desmedida pasión; espera el retorno de Odiseo, su palomo favorito. La azotea y su entorno es el país depauperado, roto, que es a su vez el drama universal que en el siglo XXI alcanza niveles catastróficos: la migración obligada; el éxodo en busca de la vida digna en otras latitudes; en conflicto violento con la defensa de la identidad.
Sobre el andamiaje de las referencias clásicas y el mundo del colombófilo que pierde la razón ante el drama esencial de la Cuba de las últimas décadas, se extienden las sombras sobre una realidad fallida - el mundo no es el que esperábamos a estas alturas, o al menos no desaparecen, sino que se agrandan las calamidades del hombre-; es la desesperación, no el palomo Odiseo, la que aparece en lontananza.
Tal vez sea la ilusión perdida o la herencia romántica de otros tiempos, la que impulsa a Kiko Paloma a desafiar al enemigo invisible, a enfrentar el peligro imaginario que le imponen sus circunstancias, a vociferar, como último recurso que pone a salvo su honrilla; pero es la crudeza de una tragedia más grande que él mismo, más angustiante que la isla y que el tiempo que atravesamos; quien acabará por imponerse. El final podemos intuirlo, pero no adivinarlo; la maestría del autor, consigue envolverlo en la bruma de lo cotidiano y el aroma poético de las canciones de Serrat. No hay concesiones, lo advierto; nadie espere un manto sanador para la situación que se plantea, cuando queremos actuar en defensa propia pero el temor nos paraliza. Al final solo nos queda esperar por Odiseo, como la paloma Penélope resguardada y callada en el fondo de una caja.
Alejandro Aguilar
Santo Domingo, República Dominicana.
Febrero de 2023
Espacio: Sala de teatro con cámara negra. 7 metros de ancho por 6 de profundidad, mínimo
Luces: Se adapta a las existentes en la sala.
Ideal: 5 likos (Elipsoidales)
4 equipos led para contraluces
4 pares LED para atmósferas
4 equipos LED para iluminar telones
4 pares para luz frontal
Sonido: Reproductor de memoria USB para sonido grabado
Tiempo de montaje: 5 horas
Tiempo de desmontaje: 1 hora
Tipo de público: Adultos
Tiempo de duración: 1 hora 5 minutos