En la sala Llauradó está Teatro de la Luna hasta el domingo cinco de octubre, siempre a las cinco de la tarde, con la puesta en escena de El camino de hoy, obra que puede inquietar de manera risueña. El autor de esta pieza es una presencia clave en el teatro alemán contemporáneo.
Igor Bauersima, dramaturgo de origen checo radicado en Suiza desde donde emprendió una singular trayectoria que ha renovado, con sorprendentes y precisas estructuras dramatúrgicas, tanto al teatro suizo como el alemán. Su obra El camino de hoy, escrita en 2000, ha tenido más de un centenar de montajes internacionales a los que se suma este que tenemos en la Sala Llauradó con el sello de Teatro de la Luna.
La puesta en escena disfruta del lujo compositivo que caracteriza a Raúl Martín como director. El montaje revela una caudalosa forma de significar espacios y relaciones escénicas que pueden ir de la ficción al distanciamiento.
Las cualidades del movimiento escénico denotan el giro corporal de las actuaciones que muestran valores no adjetivos sino adverbiales por la eficacia de los ritmos de poderosas gravitaciones que engendran efectos y causas sin subordinaciones.
El sentido de la representación está ungido todo el tiempo que dura la función por el movimiento encarnado de dos actrices que dialogan, sin máscaras y por trasparencias, en un intento por fusionarse.
El camino de hoy es una versión que me atrevo a calificar netamente cubana. Yaité Ruíz Lias y Minerva Romero logran destilar la médula filosófico existencial de la obra, a través de enunciaciones verbales y gestuales que hacen que sus actuaciones gocen de vigores donde la teatralidad es una ululante germinación estética.
La excelencia de esas actuaciones tiene sorpresivas líneas de fuga que atraviesan la trama de la obra enmarcada en la urgencia existencial de dos jóvenes que quieren suicidarse y lo preparan todo. Pero las divinas travesuras de la naturaleza, a través de estelares acumulaciones de luces de una aurora boreal, les genera un súbito telúrico.
Yaité Ruíz y Minerva Romero considero que rehacen el texto de la obra que a su vez es una versión del original concebida por Raúl Martín. Ellas venciendo determinismos, apelando a las atmósferas tensionales de sus personajes consiguen dimensiones visuales y emocionales desmesuradas que como chispazos quebrantan el espesor de lo dramático. Entonces me atrevo a percibir efluvios risibles, kitsch, desbordes discursivos, excesos narrativos que desarman la resolución del drama. Y hasta dan ganas de subir al escenario y abrazar a Minerva y a Yaité como lo hacen ellas entre ellas.
La puesta en escena de El camino de hoy a partir de la obra Norway Today de Igor Bauersima que hace Teatro de La Luna con dirección de Raúl Martín es una lograda práctica escénica que entrelaza teatralidad y danzalidad: el cuerpo actúa y la acción baila en un espacio escénico que concibe Raúl Martín sin féferes ni abalorios, sin simulaciones naturalistas.
El espacio escénico en El camino de hoy es de una alteridad extraordinaria. Espacio fragmentado, móvil, virtual. Espacio logrado por el empleo creativo de simples tecnologías que expanden o contraen definidas concepciones arquitecturales entre la fisicalidad del mismo espacio y la de los cuerpos en escena.
La alteridad del espacio escénico en esta puesta es paradigma de la relación entre el concepto de heterotopía (Foucault) y el teatro como lugar de condensaciones espacio-temporales, como “espacio otro” ante los espacios normativos. Pero espacio real con su propia lógica, con su autonomía, superposiciones, escenario simbólico, dispositivo de sentido.
Un elemento a tener muy en cuenta en la heterotopía escénica de El camino de hoy es la concepción sonora que adquiere un nivel catalizador. La música original y arreglos, ejecutados en vivo por Edel Almeida Mompié, es un vector del diseño del montaje activador de la ritualización al marcar umbrales y pasajes, transiciones, idealizaciones, nostalgias.
La música que ejecuta discretamente Mompié congrega memorias. Desde lo sensorial los espectadores quedamos inscritos afectivamente. La música funciona como oasis de vibrantes experiencias reactualizadas por la puesta en escena y se convierte en un eje de la dramaturgia.
También con esta puesta en escena, Raúl Martín sobresale entre nuestros directores por su intrépida y no polarizada concepción de la escritura escénica. Sus puestas son “cosmos en miniatura”. Sus energías intelectuales azuzan su inventiva. Sus provocadoras corduras ideo-estéticas tienen el valor de la realización.
(…) El camino de hoy, en adaptación y montaje de Raúl Martín, toma como base el texto teatral “Norway Today” de Igor Bauersima (…) felizmente se estrenó a teatro lleno y con excelente acogida de los espectadores en la Sala Adolfo Llauradó.
En(…) la pieza original (…) inspirada en testimonios reales, dos personas, un hombre y una mujer, se conocen a través de las redes, desde las cuales Julie busca a alguien que esté dispuesto a acompañarla para morir juntos. El reclamo de la mujer sin urgencia ni demasiado drama nace del descubrimiento que ella misma ha hecho del estado al que la ha conducido la soledad. Pero se siente mejor sola que con nadie, nada la entusiasma ni tiene perspectiva alguna de futuro y ha planeado irse a un fiordo de Noruega, con alguien que comparta sus deseos, para lanzarse al vacío y terminar una existencia aburrida, llena de hastío y desinterés.
Raúl Martín había leído la pieza y había dirigido su lectura en una jornada de teatro alemán, hace varios años, lo que lo había motivado a montarla, pero no había tenido ocasión de hacerlo hasta hoy. El director del Teatro de la Luna optó por convertir al dúo de personajes en dos mujeres y lo compuso con dos de las actrices que le han acompañado en muchos de sus trabajos: Minerva Romero y Yaité Ruíz, quienes asumen a Julie y Augusta, cuyos nombres evocan los meses más cálidos del año en el hemisferio norte y en contraste en medio del frío glacial.
Finalmente se conocen para consumar su decisión.
Han entablado contacto virtual y a través de él han intercambiado información y fotos, lo que ha convencido a Julie de que la otra esta apta para llevar adelante con ella el proyecto liberador frente a una vida que no le significa nada y Augusta ha reafirmado también su deseo de ser su acompañante al sentirse presa de un fuerte vacío existencial.
Ya de frente al abismo, en una instancia en la que ambas demuestran forcejeos diversos en sus fueros internos, con el pretexto de recordar a la familia, de dejarles mensajes de despedidas o afanes por pensar más en determinados hechos vividos; hay amagos de apetencias sexuales y manifestaciones de amor más duradero cuando la irrupción de una aurora boreal, con su fugaz y espléndida belleza, las deslumbra y hace renacer en ambas una sensación humana parecida a la esperanza.
Yaité Ruíz y Minerva Romero son eficientes cómplices en esta aventura que nos pone frente a un examen de revalorización de la existencia; cuando el mundo todo atraviesa una crisis civilizatoria que sostiene guerras destructoras que acaban con multitudes de seres humanos y culturas, en pos de riquezas y cuando la comunicación humana verdadera se ve tan afectada por el influjo de artefactos en los cuales buscamos ante todo aprobación efímera, pero perdemos contactos esenciales en la vida.
Con las lágrimas y las ocurrencias de Julie y Augusta, entre las cuales no faltan notas de humor; podemos mirar, a distancia, algunas de las propias crisis que cualquiera de nosotros puede padecer por una u otra razón. Y hasta avistar alguna luz que los rigores de la vida cotidiana a menudo no nos dejan ver con facilidad. Porque “El camino de hoy” indaga con delicada sutileza en el valor de la vida y en los retos inevitables que cada trayectoria supone.
(…) Yaité Ruíz se lució en precisión y en encontrar y mostrar el tono justo en el diseño de su carácter más vulnerable y también en las tareas prácticas de despliegue de los telones blancos que, como únicos elementos escuetos, a tono con los tiempos materiales que vivimos, son capaces de crear una bella y gélida atmósfera para la trama; diseñados por Raúl Martín, como el sobrio vestuario de las dos mujeres, una en tono de gris y la otra en marrón oscuro, consiguen, junto con las luces, un clima dramático íntimo y hermoso.
Y una virtud más de esta puesta en escena lo es la presencia viva del joven compositor y tecladista Edel Almeida Mompié, capaz de seguir el hilo de la acción y las curvas dramáticas con alta eficiencia y con tanta vitalidad que a veces nuestra vista se mueve al costado izquierdo del proscenio atraída por su virtuosa sonoridad al mismo nivel de la presencia viva de las sensibles actrices.
¡Bravo por el equipo del Teatro de la Luna por traer luz a nuestros tiempos! (…)
Comentario de Norge Espinosa para el espacio DESDE LA ESCENA, programa Estudio 9, de CMBF, Radio Musical Nacional
16 de octubre de 2025
Hoy quiero hablar de uno de los espectáculos que durante el pasado mes de septiembre y hasta principios de octubre, nos estuvo acompañando en la cartelera teatral de la capital y con el cual regresó a ese mismo espacio uno de los grupos más importantes de nuestro país. Una compañía fundada a fines de los años 90 que perdura hasta el presente, que está próxima a cumplir ya treinta años y que cada vez que de la mano de su director fundador vuelve a las carteleras se convierte seguramente en una expectativa que todos deberemos atender. Así ha ocurrido con su reciente estreno y es sobre ese espectáculo, El camino de hoy, que espero hablar con ustedes, ahora, en estos minutos, de DESDE LA ESCENA. Acompáñeme, por favor.
Fundado en 1997, por Raúl Martín, la trayectoria de Teatro de la Luna, que es así, por supuesto, como se llama su grupo; vino a cumplimentar y en el tiempo ha venido también a confirmar todas las expectativas que hasta ese momento se había ido ganando este joven director en la escena cubana. En 1991 vi su primer espectáculo que todavía estaba dirigiendo mientras estudiaba Dirección en el Instituto Superior de Arte bajo la guía del gran maestro y fundador de Teatro Irrumpe, Roberto Blanco. Ese espectáculo era El flaco y el gordo de Virgilio Piñera y, por supuesto, solamente mencionar a Virgilio y unir su nombre al de Raúl Martín, demuestra ante el espectador que todas las sagas que posteriormente este director emprendería a partir de otros textos piñerianos, forman parte de una fe y de una fidelidad a ese autor que incluso, cuando Raúl Martín no está dirigiendo un texto de Piñera, se puede percibir a través de como aborda otros tipos de dramaturgias, otros espectáculos e incluso otras texturas como la coreografía.
Ciertamente a Raúl Martín le interesó desde el primer momento vincular la danza, el baile, el canto, el teatro musical, el acento aparentemente de lo ligero en lo que su teatro iba proponiendo; tal vez porque siempre ha entendido que la superficialidad, lejos de ser negada en la vida debe ser, sobre todo entre nosotros los cubanos, asumida como un toque de humor y de aparente ligereza que es el medio a través del cual, en muchas ocasiones, estamos verdaderamente hablando de cosas mucho más graves y más profundas. Eso forma parte también del carácter de lo piñeriano y es algo que Raúl Martín ha sabido aprovechar. Lo aprovechó en los espectáculos, como digo, que formaron parte de esa serie piñeriana en su trayectoria, pensemos en Los siervos, Electra Garrigó y sobre todo en La boda; estrenada en 1994, después que Raúl hubiera dirigido en el Teatro Nacional de Guiñol la Fábula del insomnio, uno de los más hermosos espectáculos para niños y jóvenes que podemos recordar. Y con La boda, precisamente se anudaron de manera definitiva, muchos de los elementos estilísticos que aún forman parte del Teatro de la Luna. Ahí está ese concepto de lo danzario, esa visión del actor como una especie de personaje que en sí mismo se interpreta y puede ser también no solamente lo que aparece en el libreto, sino un bailarín, un modelo, un cantante, etc. y que no teme entender a veces el teatro como una especie de pasarela, de cabaret, donde también nos reímos de la vida y de lo más grave.
Esos puntos esenciales de su poética se han mantenido hasta el presente y, cuando más tarde el propio director ha acudido a otros dramaturgos (Pensemos en el momento que ha dedicado a un nombre tan importante de la literatura dramática cubana como lo es Alberto Pedro), también reaparecen, ya digo, muchos de estos elementos; porque de eso hablamos: de un sello particular, de una poética que, en Teatro de la Luna, no solamente se ha confirmado en excelentes espectáculos, en premios y reconocimientos: sino también en un espectador, en una espectadora que cuando ve que en la cartelera aparece una nueva propuesta del Teatro de la Luna no deja de ir a ese teatro, sea donde sea, para aplaudirlo, discutirlo, reconocerlo.
La historia de todo colectivo teatral pasa por distintas fases y es perfectamente lógico que así suceda. Y con Raúl Martín y Teatro de la Luna no ha sido, por supuesto, algo distinto. Más bien ha sido un gozo poder comprobar como su tránsito por diferentes etapas lo ha ido asegurando en aquello que forma parte de su médula. Eso que vimos en 1994 en La Boda y que luego, por ejemplo, cuando estrena, ya a inicios de los años 2000, Delirio habanero, de Alberto Pedro, lo confirma en una nueva dimensión.
Haber sido testigo de lo que Raúl Martín ha propuesto con Teatro de la Luna es una de mis alegrías como espectador y lo digo porque además a su lado han estado otras compañías no menos importantes. En el tiempo coincide la fundación de Teatro de la Luna con la de grupos tan señeros como Argos Teatro o El Ciervo encantado. Y solamente mencionar a esos colectivos ya da una idea de lo que han ido aportando estos nuevos directores herederos de figuras como Roberto Blanco, Flora Lauten, Vicente Revuelta, etc, a nuestra propia escena. Hoy, por cierto, cuando no está tan nutrida la cartelera teatral ni capitalina, ni cubana en general, ver que Teatro de la Luna regresa a la Sala Llauradó, donde estrenó no pocos de sus mejores espectáculos, es una señal de alegría. Y ello además ha ocurrido, como dije, en un mes en el cual, por suerte, se ha ido reanimando esa propia cartelera y parecen aparecer señales más esperanzadoras con respecto al Festival de Teatro de la Habana que debe ocurrir entre el 7 y el 16 de noviembre.
En todos estos grupos de los que he hablado hubo un impulso que definitivamente refrescó el concepto escénico, rindió tributo merecido a los maestros que sirvieron de origen y punto de partida a estos discípulos y, por encima de todo, se fueron sumando también nuevos actores, actrices, diseñadores, músicos, compositores, que a través de los espectáculos de estas compañías se han ido añadiendo al panorama de la escena cubana; en un ejercicio de renovación que no niega el pasado ni mucho menos, sino que en varios de estos casos ha sabido dialogar de manera orgánica y además también felizmente polémica con esos referentes que le dieron origen. En todo eso estaba pensando viendo El camino de hoy, el espectáculo con el cual Teatro de la Luna, como no, ha vuelto a la Sala Llauradó.
El camino de hoy es este espectáculo de Teatro de la luna que tiene como punto de partida un texto del autor suizo Igor Baeursima, nacido en 1964 y quien a partir de la década de los 90 se hizo cada vez más presente en el teatro alemán donde se han presentado la mayoría de sus textos. La obra originalmente se titula Norway Today y data del año 2001. Raúl Martín tuvo conocimiento de ese texto durante una de las Semanas de teatro europeo celebradas en La Habana y al leerlo se sintió muy interesado y cautivado por lo que el dramaturgo propone en la historia de estos dos personajes que en el original son un hombre y una mujer; pero él ha convertido en dos rostros femeninos, y poco a poco estuvo esperando el momento preciso para añadir El camino de hoy, como se llama esta versión de Norway Today, al repertorio de Teatro de la Luna.
Y la espera ha valido la pena, teniendo en cuenta que después del periodo de confinamiento que silenció salas teatrales y acción escénica en general, Raúl Martín ha estado trabajando fundamentalmente entre Cuba y República Dominicana. Cada vez que él regresa a la isla y anuncia una buena puesta de Teatro de La luna, quedan muy altas las expectativas en relación a su retorno y a la confirmación de lo que nos da cada vez propone una nueva pieza. Y en este último período hemos visto espectáculos como Mar nuestro, por ejemplo y otros que, desde los días anteriores a la pandemia, como Reportaje Macbeth, han mantenido en el público fiel a Teatro de la Luna ese deseo de siempre tener un reencuentro con lo que el grupo y su sello particular nos ha aportado.
Y mucho de ese sello, como he dicho, está aquí. Con un diseño creado, en el sentido escenográfico por el propio director, responsable así mismo de la versión del texto, de las luces y del diseño de vestuario; Raúl Martín demuestra que aquellos preceptos básicos que veíamos ya en los momentos incluso previos a la fundación de Teatro de la Luna siguen estando de su lado. El diseño está ajustado precisamente a las necesidades de una obra en la cual el diálogo entre estas dos mujeres, ahora Julia y Augusta y no un hombre y una mujer, como dije, en el original; nos hablan de la necesidad de establecer comunicación por encima de todo entre seres humanos, incluso cuando la decisión que los une sea la de despedirse de este mundo porque la vida, por distintas razones, ya no es tan esperanzadora ni tan colorida ni tan atractiva como nos permitieron alguna vez. La voluntad de establecer por su propia mano la muerte es una decisión que ahora mismo está en discusión en numerosos lugares del mundo y este texto que, como dije, data del 2001, ya estaba hablando de esa necesidad de encontrar una manera digna de salir de la vida cuando ella ya no propone lo que alguna vez esperábamos que nos devolviera. En las actuaciones de Minerva Romero y de Yaité Ruíz, Julia y Augusta se convierten en personajes verdaderamente cercanos, emotivos y desde esa primera escena en la cual, a través de las transparencias blancas como si pertenecieran a voces que están en un chat intercambiando mensajes, poco a poco vamos conociendo mejor sus psicologías hasta llegar a ese punto en el cual se aventuran a esa especie de odisea en la llegarán a la cima desde la cual han prometido acompañarse en la muerte. Una muerte que, sin embargo, como el director entiende muy bien, no tiene por qué ser una muerte física, sino también un estado al que se abandonan los cuerpos y los deseos cuando ya las voluntades de seguir adelante parecen haberse detenido. Y que también incluso ahí, cuando la decisión que han tomado parece irrevocable, pueden sin embargo tomar distintas lecturas.
Con un excelente trabajo, además, de música en vivo, que me recuerda los momentos en los cuales Roberto Blanco, su propio maestro, - el de Raúl Martín, quiero decir – empleaba ese mismo elemento en las puestas en escena porque sabía que, efectivamente, la música interpretada junto a los actores y en el escenario aporta un elemento de calidez que es difícil de sustituir o suplantar; El camino de hoy se convierte en una propuesta indudablemente sencilla pero muy bien organizada. Los elementos de telonería, el propio espacio que se va multiplicando en distintas zonas de acción a partir de lo que propone el director desde el concepto del diseño hasta deslumbrarnos con la aurora boreal que aparece como una respuesta completamente hermosa en relación a lo que los personajes reclamaban, viene a dar fe de que Teatro de la Luna tiene todavía mucho que decirnos y que esperar en este sentido por nuevas propuestas del grupo cuando Raúl regrese a Cuba. Será siempre una señal que nos alienta que, desde el propio Teatro de la Luna también se estén gestando propuestas de otros directores como ha ocurrido con el montaje de Sibilas que estuvo a cargo del Asistente de dirección de Teatro de la Luna, Kiusbell Rodríguez.
En El camino de hoy estas dos mujeres nos convencen incluso de una historia de amor que, por supuesto, en el original de Igor Bauersima estaba pensada entre un hombre y una mujer: y lo hacen porque Raúl Martín es un director que sabe inteligentemente llevarnos al punto en que podemos creer ese instante que tal vez desde la lectura del original pueda parecer demasiado chocante o sorprendente ahora a algún espectador, pero desde la música, desde la voz, desde la canción, desde las entregas de Yaité y de Minerva eso se resuelve como un director, que confía en sus intérpretes, puede hacer brillantemente.
Y eso ha sido el camino de hoy una propuesta que no solamente alienta y refresca la escena cubana, sino que nos recuerda ahí, en esas funciones de la Sala Llauradó, que el teatro cubano todavía puede pervivir e incluso sobrevivir a la idea de la muerte.
Quiero agradecer entonces a Raúl Martín por habernos hecho transitar por El camino de hoy. Quiero agradecer también a Minerva Romero y a Yaité Ruíz por su Julia y por su Augusta; a Edel Almeida Mompié por la música original y los arreglos que se integran al espectáculo y, claro está, a Raúl Martín Ríos y su equipo; teniendo en cuenta que él no solamente, como dije, es el responsable de la versión y de la puesta en escena, sino del concepto general de diseño de un espectáculo que también, como no, convence desde los ojos, desde la mirada y nos regala esa aurora boreal en la que definitivamente el Teatro de la luna también ha sabido recordarnos que la vida es un gesto que perdura más allá de cualquier obstáculo y más allá, incluso de cualquier decepción. En la cartelera teatral de septiembre y octubre este espectáculo habitado por estas dos talentosas actrices ha sido una señal de gran aliento. Ha coincidido también con otro espectáculo de Teatro de la Luna que se presentó en septiembre, Sibilas, dirigido por Kiusbell Rodríguez que se desempeña en el grupo como Asistente de dirección y a él se ha integrado en la cartelera un conjunto también de propuestas que están, o aún en cartelera o están por llegar y otros que definitivamente han hecho que este arranque del otoño haya sido entre nosotros muchísimo más reconfortante.
Que los espectadores sigan volviendo al teatro aún medio de las dificultades y de todo lo que ha impedido que en este 2025 la cartelera teatral parezca más poblada. Creo que sin esa presencia y sin ese aliento será difícil continuar, no sólo desde el teatro sino también desde la cultura y de todo el país. Y por eso es tan positivo que un grupo como Teatro de la Luna siempre garantizando el buen gusto y el sello que lo identifica regrese hasta nosotros. Que sea siempre un regreso mútuo y que se devuelva al grupo siempre en aplausos, es mi deseo; también con el anhelo de que nos encontremos con este espectáculo en la cartelera del Festival de Teatro de La Habana.
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