La obra nos presenta el drama de una pareja de ancianos que personifican con gran acierto Elvira Taveras y Orestes Amador, bajo la dirección de Raúl Martín.
En la Sala Ravelo del Teatro Nacional fue presentada la obra “Dos Viejos Pánicos”, del dramaturgo cubano Virgilio Piñera, bajo la dirección de Raúl Martínez y las actuaciones de Elvira Taveras y Orestes Amador.
La obra nos presenta el drama existencial de una pareja de ancianos, se acerca al teatro del absurdo, desde la perspectiva existencialista “como algo que no puede ser explicado por la razón”. Piñera plantea la temática del miedo a la muerte de la pareja, que juegan a matarse mutuamente para “dejar de tener miedo”.
La fuerza del texto, su exploración del miedo, a través del humor y el absurdo, nos envuelve en una especie de limbo, nos sabemos si están muertos o es un sueño. Los ancianos, -Tabo y Tuta- poseídos de pánico, piensan que estando muertos podrán realizar las cosas que en vida nunca se atrevieron, y lo más importante, sin consecuencias; jugar a estar muertos, matar el miedo, vivir sin temor, es una forma de lograr la libertad que nunca tendrían estando vivos.
El espacio escénico creado por Fidel López -Skene-, resultado de su concepción semiológica de la puesta en escena, recrea un lugar sombrío, en el que predomina el gris, un inmenso telón de fondo constituido por páginas de periódicos, es una metáfora del pasado, del que nunca podrán separarse los “viejos”, y en el centro de la escena, solo dos piezas inclinadas, de madera, elementos movibles y plurifuncional, apropiados a cada circunstancia. Las imágenes de los viejos trajeados apropiadamente de color crema, diseños del propio director, y las cabezas blancas, símbolo de vejez, rompen la monotonía del gris.
El espacio lúdico creado por la evolución de los actores, es fundamental para la representación, pero el verdadero éxito de la obra dependerá de la capacidad interpretativa de los actuantes, lo que es logrado plenamente con las brillantes actuaciones de Elvira Taveras y Orestes Amador.
Cada uno con su entonación particular de la voz, en la que la ironía está presente, así como con el movimiento corporal expresivo, logran proyectar las imágenes de los viejos en sus continuos diálogos recriminatorios y divertidos, dándole a la obra un aire de farsa, provocando la risa contagiosa.
Por momentos los magníficos arreglos musicales de Edel Almeida Mompié, inundan la atmósfera, las escenas fluyen, la dirección de Raúl Martínez, creativa, acertada, marca el ritmo de la acción, recrea un juego dentro del juego, entre fantasía y realidad.
La movilidad escénica de los actuantes es una constante, pequeños soliloquios logran un efecto catalizador, como aquel en el que “Tabo”, recuerda a los jóvenes con envidia, al ver su juventud perdida, excelente momento de Oreste Amador; y “Tuta” recuerda con tristeza el amor perdido de su juventud, Elvira Taveras logra proyectar con verdadero realismo y visos de ironía, ese instante melancólico, logrando ambos una conexión con el público… el rompimiento de la cuarta pared.
Las piezas de madera, movidas permanentemente, se transforman, y convertidas en habitaciones, los personajes en una absurda conversación, pero no desprovista de humor, reflexionan sobre la vejez, rememoran su enlace, del que se arrepienten; ambos intentan terminar con el miedo, representado en volátiles sábanas blancas y almohadas, los personajes se necesitan… el futuro no existe.
Al final entre la locura de vida y muerte, en un momento de lucidez, “Tuta” reflexiona y declara “Sin miedos no hay miedos”
La valoración del público a los excelentes actores, al director y a todo el equipo, que hizo posible la puesta en escena de esta interesante obra, se manifestó con calurosos aplausos. Recomendamos disfrutar de esta obra, a los amantes del buen teatro.
Dos viejos pánicos habla sobre la vejez y la soledad. Y verlo desde este presente tan acelerado, donde vivimos afanados en un día a día que se consume sin darnos cuenta, es un espejo duro. El hoy tropieza con ese mañana por el que uno tanto se afana, sin ninguna certeza de que llegará. Me quedé pensando si eso es lo que realmente nos espera: una vejez atravesada por arrepentimientos. Llegar a esa calle sin salida y verse atrapado en el “yo debí hacer”, “estar”, “tener”, “elegir”.
Fui esperando reírme mucho, imaginando la dinámica de dos viejos cascarrabias diciéndose de todo y simulando morirse cruelmente en manos del otro. Y, sin embargo, la obra me llevó a un lugar más desolador: ¿vivir tanto para esto? Me pregunté si vale la pena eximirse de tantas cosas, comprometer el presente en ese constante “hay que” que nos impone la sociedad, con la única sensación de estar cumpliendo por cumplir.
Me parece valiente elegir una producción como esta en tiempos que van tan rápido, insistiendo en detenernos. Y más aún en un público joven —el que me tocó— riéndose de dos viejos malcriados sin darse cuenta de que todos vamos para allá. Eso es lo lindo del teatro: una expresión que solo existe en el presente. Esta obra mañana no será la misma. La del viernes tampoco lo fue. Hoy tuvo una magia particular que tuve el privilegio de presenciar.
Es una obra retadora, adecuada para dos veteranos en escena, y muy demandante: están constantemente hablando, gritándose, moviéndose en una coreografía del espacio que requiere concentración, precisión y un desgaste físico considerable. Y lo hacen muy bien.
La obra subraya elementos puntuales de la vejez: una pensión que no alcanza, un vaso de leche que es para lo único que da, la soledad que se instala como huésped permanente. La recompensa de toda una vida de trabajo convertida en casi nada.
Y todo esto ocurre en un escenario austero, tanto como su vida. Las paredes están empapeladas con recortes de revistas y periódicos: la obsesión de Tabo por recortar compulsivamente las imágenes de personas y situaciones que quisiera —o quiso— eliminar de su existencia. Dos cajas que simulan sus camas, la mesa, las escaleras, un ataúd que vigila desde un rincón como un recordatorio incómodo. Y el espejo: el gran enemigo. La única conexión con la realidad que no se puede maquillar, inventar ni recrear. Lo que se ve es lo que hay, y lo que refleja es duro. Implacable.
También me parece significativo que Taveras y Amador repitan pareja en escena. Ya habían compartido esa intimidad actoral en El coronel no tiene quien le escriba, otra historia que hablaba de espera, vejez, una pensión que nunca llega y una miseria de solemnidad. Aquí se reencuentran con otro tipo de ruina, otro tipo de desamparo, pero desde una complicidad en escena que se siente vivida. Esos cuerpos ya se conocen: saben dónde quebrarse, dónde sostenerse, dónde empujar.
Y esta obra, además, es una manera ruidosa de hablarnos del presente: del juego de roles que la vida impone, de cómo uno queda atrapado entre lo que eligió y lo que lamenta. Lo irónico es que, a pesar de estar cansados de sus propias decisiones, atrapados en una espera infinita y en una precariedad aún más inacabable, son y no se tienen el uno al otro. Ese es el juego cruel de la vida. Debajo de todo ese ruido, cuando se asienta la polvareda del insulto, hay un cariño —o una costumbre— más fuerte que ellos mismos. El temor de perderse está tan presente como el hambre y el deseo, casi confesado, de desaparecer.
Ahí pensé en Sabina no como elegía amarga, sino como una forma de reivindicar el trayecto. Una vida bien vivida —con sus errores conscientemente cometidos, con sus golpes y sus desvíos— sigue siendo una vida que valió la pena. Esa invitación a vivir sin pedir permiso, a caminar con la certeza de que uno es dueño de su propio recorrido.
Dos viejos pánicos también habla de eso: del derecho a equivocarse, a insistir, a reclamar el presente aunque duela. De aceptar que, debajo del ruido y de la miseria, hay algo que todavía sostiene: la compañía, la costumbre, el miedo a perder al otro… y el deseo secreto de seguir, mientras quede un poco de vida por gastar, como diría Sabina, así seamos tan jóvenes o tan viejos, vivir siempre
Santo Domingo. 30.11.2025. Teatro Nacional Eduardo Brito. Sala Ravelo. Dos viejos Pánicos, Virgilio Piñera; Producción General, Dunia De Windt - DW Producciones; Asistente de Producción y Dirección, Éricka Martínez; Dirección, Raúl Martín; Orestes Amador, Tabo; Elvira Taveras, Tuta (sic); Escenografía, Fidel López – Skene; Diseño de Vestuario, Raúl Martín; Luces, Raúl Martín; Arreglos Musicales, Edel Almeida Mompié; Maquillaje – Peluquería, Warden Brea; Diseño afiche – Programa de mano, Mayo Oviedo; Fotografías, Mika Pasco.
«Porque te has pasado los años con los brazos en alto frente al cañón de una pistola».
Hay obras, como todas las de Virgilio Piñera, que necesitan una preparación para enfrentarlas y sacarles el máximo provecho, para poder disfrutarlas en sus más diversas lecturas. Por eso, hice mis apuntes previos y pude llegar a la sala dispuesto a llevarme todo cuanto pudiera. Y así me resultó, llené mis alforjas con lo que en mi opinión son aportes a la obra original; entre estos, edad y nombre de los personajes, escenografía, tramoya y música. Por otra parte, lo meramente interpretativo: dirección de actores, expresión corporal, coreografías, movimiento escénico, voces, dicción y actuación. Y, como de comentar se trata, así lo haré.
El armonioso conjunto visual y la fuerza de cada uno de los signos que impactan al público hacen que la puesta en escena nos amarre la soga al cuello. Una sensación que a lo largo de una hora y tantos minutos se va apretando hasta la catarsis, hasta sentir que un nudo en la garganta nos provoca la risa y/o el llanto.
La obra, que no es para nada una comedia -sino un juego escénico desde el absurdo cotidiano- provocó risas en la mayor parte del público durante un buen trecho. Y es justo porque el arte, cuando consigue hacerse valer, es polisémico, tiene muchas capas de lecturas y por supuesto, la más superficial que nos entrega Virgilio Piñera en Dos viejos pánicos, es el ridículo que hacen dos viejos peleándose en la escena. Elvira Taveras (Tuta) (sic) y Orestes Amador (Tabo), no fueron culpables de esas hilaridades, sus señales eran algo más que eso.
No puedo decir que es una adaptación, y muchísimo menos una versión libre del original, pero sí una interpretación bien informada de la obra de Piñera. Según lo que recuerdo haber visto en La Habana y de lo que brota del texto original, la parquedad de la escena es fundamental en la estética piñeriana; sin embargo, esta puesta en escena trajo aportes, algo bien difícil de hacer con lo que ya es un clásico del teatro americano.
La edad y nombre de los personajes cambia, ellos tienen 60 años en el original, pero lógicamente hoy en día una persona de esa edad aún no se considera un anciano. En el original, ella es Tota, pero ese nombre, en el imaginario dominicano tiene otras connotaciones que perturbarían la idea piñeriana del personaje. La escenografía, que en el original es minimalista, aquí se convierte en la magnificación de un signo. El total empapelado de las paredes y el piso con fotos de recortes de periódicos y revistas, amplifica la acción de Tabo, quien como venganza -por envidia, miedo y resentimiento-, se ha impuesto la misión de recortar y quemar las imágenes de niños y jóvenes. La escenografía se convierte en un signo abrumador de los sentimientos de Tabo, por supuesto que en este caso la tecnología jugó un papel primordial, porque si en 1968 lo más factible era colgar algunas «fotos de caras masculinas y femeninas en las paredes», hoy es viable empapelar toda la escena con fotos de recortes de periódicos y revistas.
Según Piñera, la escenografía incluía solo «dos camas de una plaza», las que fueron sustituidas por dos artefactos idénticos ideados por el director y construidos por el escenógrafo, unos muebles que adquieren múltiples significados a través de la obra, formando parte tanto de la escenografía como de la tramoya: Sarcófago, cama, panteón y tribuna, dos enseres que son movidos por ambos actores mediante coreografías ágiles y muy bien logradas.
Aquí también me parece que la tecnología puso su mano, porque para construir un mueble de tales dimensiones, flexible y resistente, con el peso adecuado para que cada actor lo pudiera manipular sin grandes esfuerzos, debió existir un material apropiado que quizás en 1968 no era factible obtener o imaginar.
La música, que tanto abunda en la escena cubana, Piñera decidió omitirla, no aparece ni siquiera la palabra en boca de los personajes; sin embargo, al entrar a la sala nos recibe una selección de grabaciones del dúo Hermanas Martí y de manera incidental, arreglos de otras obras acompañan algunas escenas.
La dirección de actores, hasta donde pude comprender, propició que cada actor sacara lo mejor de sí en cada línea y estuviera para el otro en todo momento, que la expresión corporal fuera armónica, la de dos ancianos a veces torpes, ni uno más ni otro menos; la fluida coordinación de las complejas coreografías, sobre todo las que incluían los dos raros muebles antes mencionados, lo que convierte la coreografía en todo un movimiento escénico; las muestras de rechazo, pero sobre todo las de afecto contenido, sugerido y otras veces -como hacia el final de la obra-, explícitos y entrañables.
Las voces y la dicción de Elvira (Tuta) y Orestes (Tabo) no dejaron nada que desear, cada palabra, cada sílaba se pudo escuchar claramente, marcando cada una de ellas, con sus significados, el sentido preciso del discurso dramático, del desarrollo de la historia, del espíritu que Piñera plasmó en esos textos. Todo lo cual fue construyendo el estado más propicio para el momento que, en mi opinión, se da el do de pecho en la obra, el momento en el que Tabo enfrenta al público con los brazos en cruz y dice:
Tener que despertar y tener que vivir con este miedo y tener que jugar para no tenerlo y cuando no entiendes nada de lo que te pasa y cuando juegas lo mismo tienes miedo y no entiendes nada de lo que pasa y solo sabes que el miedo está aquí (Se toca la cabeza) o aquí (Se toca el pecho) o aquí (Se toca el estómago) Y él apretando, apretando y tú crees que lo has matado por ti, por mí, pero matas nada y piensas que si lograras matarlo sería una reparación, una reparación que la vida te da, porque te has pasado los años con las manos en alto frente al cañón de una pistola.
Entonces se vio sacar los pañuelos y una que otra respiración profunda en el patio de butacas, había sucedido lo que siempre he sentido como el clímax de la obra, sobre todo ese remate con la última frase: «porque te has pasado los años con las manos en alto frente al cañón de una pistola». Este fue el más fuerte apretón de la soga, el más vívido contacto de la imagen con la imaginación del público. Orestes Amador consiguió aquí una actuación que le movió el piso a todos los presentes, ambos artistas habían preparado los espíritus para este momento y ocurrió la catarsis.
A partir de esta escena Piñera va cerrando la historia, va desatando los nudos que tejió y comienza el final, el último tema: La planilla. Y aquí debo repetir lo que ya escribí en los apuntes, aquí tampoco hay nada metafórico para Virgilio Piñera, incluso, por esos mismos años, en la novela Las Iniciales de la Tierra, Jesús Díaz, basó su historia en el enfrentamiento del protagonista con lo que llegó a conocerse en Cuba como el «cuentametuvida», una planilla en la que los individuos debían escribir todas sus intimidades, a riesgo de ser estigmatizados, perseguidos y encarcelados por declarar ideas que pudieran considerarse contrarias a la ideología hegemónica.
Seguidamente juegan a la «transfiguración», justo lo necesario para evadir las consecuencias de decir la verdad en la «planilla», justo lo imprescindible para sobrevivir un día más en semejante régimen carcelario. La transfiguración, la mentira o la doble moral es la solución para poder dormir una noche más, para poder vivir una noche más.
Para el público que asistió la tarde del domingo 30 de noviembre a la sala Ravelo a ver la puesta en escena de Dos viejos pánicos, las metáforas, las imágenes, los símiles y todos los recursos literarios y dramáticos con los que juega Piñera en la obra, fueron signos que cada cual significó de acuerdo a su imaginación y sus realidades; sin embargo, como ya escribí la semana pasada, «cuando se adelanta hacia el proscenio la prosaica existencia de quien cargaba en su mochila todos los delitos condenados por la nueva tiranía, la metáfora se esfuma, se pierde entre el difumino de la poesía, la palabra, y la realidad. Cuando el absurdo adquiere la categoría de lógico, la metáfora se ensuelve y la realidad juega a ser metáfora».
Qué bueno que este excelente equipo decidió abordar con tan buen tino esta obra, una pieza que, siendo un clásico de las letras hispanoamericanas, aún es poco conocida. Bravo por hacerlo y hacerlo bien, por contribuir a perpetuar la obra de uno de los más importantes escritores de este lado del mundo, y ojalá que se repita, que puedan llevarla por otros países y presentarla en los más importantes festivales de teatro del mundo. Ojalá se abran nuevos mercados para tan buen producto. Ojalá
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